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miércoles, 7 de mayo de 2008

La escopeta de Petronio - Triunfo Arciniegas


Ilustración: Lauragbecares

La escopeta de Petronio

Petronio madrugó a cazar.

Se puso las botas de cuero de venado, el sombrero de plumas y los bigotes grandes y negros. Se acomodó el morral a la espalda y salió con la escopeta al hombro. La escopeta no fallaba.

Iba feliz, tarareando un bolero.

Petronio caminó casi dos horas y de pronto descubrió tres palomas en el aire. Ya las veía en el plato, doraditas, olorosas. Apuntó con su escopeta y disparó.

¿Y qué pasó?

En vez del tiro que bajaría las palomas del desayuno, la escopeta escupió flores. Las palomas se alejaron, saludando al hombre que le anunciaba la primavera. Petronio guardó las flores en el morral.

Más allá, a la orilla del lago, Petronio encontró un pàto. Los patos eran deliciosos en el plato. Apuntó con su escopeta.

¿Y qué pasó?

La escopeta disparó un manojo de flores. El pato se sintió feliz porque el caballero lo saludaba con flores. En estos tiempos no abundaban los caballeros. Le deseó un buen día y se fue a nadar a otra parte. Petronio recogió las flores.

Más allá, entre la hierba, Petronio le disparó a un apetitoso conejo que leía el horóscopo en una revista. La escopeta repitió la gracia. El conejo saltó regocijado ante la explosión de flores.

-Te felicito, hombre –exclamó el conejo-. Eres un gran mago. Yo mismo me escapé de un sombrero. Soy copo de nieve.

El conejo le dio la dirección del circo, recogió la revista y desapareció. Petronio Titiribí pataleó entre las flores. Petronio no comía flores. Y era la hora del desayuno. De modo que siguió probando.

A cada intento, la escopeta de Petronio disparaba un jardín. El estómago le rugía. Bostezaba y le salían lágrimas.

-¿Dormiste mal anoche, que amaneciste con ese sarampión de flores? –le dijo Petronio a la escopeta.

Los animales se sentían felices y eran amables. Le deseaban toda la felicidad del mundo. Pero el estómago de Petronio no se llenaba con felicidad.

Petronio habló de hombre a escopeta con su amiga. Le expuso la terrible situación. Le suplicó que dejara de tanta payasería. Que se dejara de echar flores o la cambiaría por un revólver o una carabina automática o un tanque de guerra.

La escopeta ni siquiera echó humo.

Desesperado y muerto de hambre, Petronio se enfrentó a un león del bosque. Primero se arrodilló y luego le apuntó al entrecejo. “No fallaré”, dijo Petronio, todavía esperanzado, y disparó con pulso firme. Pero la escopeta volvió a escupir flores.

-Ay, mi madre –dijo Petronio Titiribí.

El León se acercó y, en vez de comérselo, le dijo:

-Que caballero tan amable. Me ofrece las flores que necesito para el cumpleaños de mi novia. Mil gracias. No olvide volver por acá. Será bienvenido.

Y se alejó con el ramo recién disparado.

Petronio cayó sentado, sudoroso, sobre una reunión de tréboles.

El león volvió de prisa, agitando el ramo.

-Ahora si que llegó mi hora –dijo Petronio-. Adiós, vida mía.

-Olvidé obsequiarle mi novela –dijo el león y le enseñó un libro gordo, Aventuras de Leoncio Santamaría en África-. Dígame su nombre para dedicársela.

- Petronio Titiribí –tartamudeó Petronio.

-¿Hermano de Pepino Titiribí?

-¿Conoce a Pepino? –tartamudeó Petronio.

-Anoche lo invite a cenar –dijo el león, y firmó con su hermosa letra en la primera página.

-Ay, pobrecito mi hermano Pepino, el titiritero –exclamó Petronio-. No lo volveré a ver.

-Salió a un largo viaje –dijo el león-. Yo también me voy. Saludaré a mi novia de parte suya. Adiós.

Aliviado, Petronio guardó el libro en el morral.

Petronio decidió regresar a casa, arrastrando la escopeta y el cargamento de flores. Las mariposas lo seguían.

A la entrada del pueblo, una muchacha lo vio desde su ventana y el gritó:

-Petronio Titiribí, que flores tan bellas…

Petronio le ofreció un ramo.

Y la muchacha lo invitó a almorzar.

-Gracias Julieta –dijo Petronio.

La muchacha era delgada y frágil, como un florero, con un lunar junto a la boca. Se adornó el pelo con las flores. Llenó el jarrón de la mesa y una botella verde en la cocina. Y aún quedaban flores. Regó flores en la cama, en la alberca, en los corredores. Llenó de flores a la gata Magnolia, que le daba besos a Petronio. Y aún quedaban flores. Conmovido, Petronio Titiribí contó su secreto.

-Petronio, tengo una idea- dijo Julieta, a quien siempre la acompañaban las buenas ideas-. Vamos al mercado.

Petronio hizo otros disparos en el patio y se fueron al mercado con tres canastos repletos.

El rumor corrió como pólvora y la gente se amontonó para comprar esas flores tan preciosas. Hacían miles de preguntas: dónde cultivaban esas flores, qué abono usaban, cuando sembraban y cuando cortaban…

-Es un secreto de familia –dijo Petronio con orgullo.

Compraron un caballo blanco y regresaron a casa de Julieta. Al despedirse, como recuerdo de una tarde maravillosa, Julieta le regaló un retrato.

Petronio Titiribí volvió feliz a casa, en el caballo recién comprado. Colgó la foto de Julieta entre la escopeta y la ventana. “Al fín y al cabo, no amaneciste nada mal”, le dijo a la escopeta. Se quitó las botas, el sombrero y los bigotes. Y se acostó.

Leyó las diez primeras páginas de la novela del león.

Pensó antes de dormirse, contemplando la foto:

-Mañana le llevaré flores a Julieta.

Sonrió muy feliz.

-O tal vez la invite a cacería.

Triunfo Arciniegas

martes, 11 de marzo de 2008

La Alegría de querer - Jairo Aníbal Niño



TU CABELLO ES UNA
BANDA DE CHUPAFLORES


Tu cabello es una banda de chupaflores,
tu cara es un espejo mágico,
tu sonrisa es un gol olímpico,
tu mirada es un 5 en álgebra,
tus manos son un par de mariposas,
tus pies dos caballitos blancos.
Serías perfecta si tu corazón no fuera de piedra.


QUÉ HACES AQUÍ?

¿Qué haces aquí?
y por qué tienes ese frasquito en la mano?
-Es que he venido por un poco de tu saliva
para curarme una herida
que ayer -por estar mirándote-
me hice cuando jugaba béisbol.

LILIANA

-Liliana, me contaron
que prefieres salir con López
porque él es un niño muy rico,
propietario de muchas cosas.
Para que lo sepas,
yo también soy muy rico;
tan rico, que una vez fui dueño
de quince caballos de carreras.

-Mateo, al verte es increíble pensar
que alguna vez fuiste dueño
de quince caballos.
Dime...¿todos ellos corrieron
en el hipódromo de la capital?

-No, Liliana.
Ellos jamás corrieron en el hipódromo.
Lo hacían cerca de Isla Grande,
en el golfo de Morrosquillo
Mis quince caballos eran de mar.


¿Me haces un favor? —¿Me haces un favor? —¿Qué clase de favor? —¿Quieres tenerme mis avioncitos durante todo el recreo? —¿Durante todo el recreo? —Sí, es que tú eres mi c i e l o .

El día de tu santo

El día de tu santo
te hicieron regalos muy
v a l i o s o s :
un perfume extranjero,
una sortija,
un lapicero de oro,
unos patines,
unos tenis Nike y
una bicicleta.
Yo solamente te pude traer,
en una caja antigua
de color rapé,
un montón de semillas
de naranjo,
de pino, de cedro,
de araucaria,
de bellísima, de caobo y
de amarillo.
Esas semillas son pacientes
y esperan su lugar y
su tiempo.
Yo no tenía dinero para
comprarte algo lujoso.
Yo simplemente quise
regalarte un bosque

Ayer en la clase de física

Ayer en la clase de física casi grito EUREKA, al serme revelado todo lo que tiene que ver con la teoría de los vasos comunicantes. Fue en el momento en que, oculta a toda mirada, mi mano estrechó la tuya l a r g a m e n t e .


Por ti

Por ti,
me he convertido en
d e l i n c u e n t e ,
en un ratero,
en un amigo de lo ajeno
que será perseguido
por todos,
incluyendo al policía
de la esquina,
al profesor de moral
y al prefecto de disciplina.
Por ti,
ayer en la tarde,
me convertí en un ladrón
de flores.


Usted que es una persona adulta

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